Una vida que renace y florece: LAS PEQUEÑAS COMUNIDADES P.R.P.

Los primeros cristianos tuvieron la gracia de la novedad y la frescura de la vida y el amor de Cristo resucitado; y esto fue posible gracias a que impulsados por el Espíritu Santo conformaron comunidades pequeñas de discípulos en torno a la Palabra, los Apóstoles, la caridad y el envío misionero.  Ellos plasmaron para la posteridad la maravillosa realidad de la vida en común, conscientes de la promesa del Señor de permanecer reunidos en el nombre de Jesús. La comunidad es pues el fruto de los que han acogido por la fe a Jesús, resucitado de entre los muertos. La unidad es pues un reflejo de Dios y lo será siempre porque así lo ha querido. Dios no envejece, no se atrofia, no se rutiniza. La comunidad es la fuente de la vida y de la luz porque ella es la presencia de Dios al reunirse y vivir juntos en su nombre. Lo contrario a la comunidad es el alejamiento, al individualismo a la lejanía e indiferencia que son características de las propuestas del espíritu del mal.

El Plan Pastoral de la Diócesis de Zipaquirá ha considerado siempre las así llamadas “pequeñas comunidades parroquiales” como una columna y una expresión sólida e incontrovertible de la renovación de la vida y pastoral de las parroquias. El discipulado misionero ha considerado las comunidades como la casa y escuela donde nacen, viven y se forman los discípulos.  El verdadero y fiel discípulo de Jesús y de la Iglesia vive en el seno de una comunidad.  El discípulo de Jesús no puede no ser hermano de otros y debe vivir y compartir con otros, lo contrario sería una mentira y un error. El mandamiento de la vida en el amor es ley fundamental de Jesús. El amor es comunión y unidad.

Dice el P.Q. #131: “La comunión es la que da sentido a la comunidad, al mismo tiempo la comunión se hace visible gracias a la comunidad. Su proyecto, su tarea permanente, ha de ser construir la comunión apoyada en el proyecto de Dios”.

El tiempo actual de la Iglesia se ha caracterizado por la atención y el anhelo de la comunión; la Iglesia es “misterio de comunión”; es lo esencial. El modelo, e ideal de ella es la comunión entre las tres Divinas Personas; el anhelo vivo por el cual Jesús sufrió y murió fue el de que sus discípulos fueran uno como El y el Padre; la unidad y la comunión por tanto son la esencia de la salvación. Anhelar alcanzar el cielo es tener sed e ilusión por alcanzar la unidad perfecta del amor. Quien no anhela esto quién sabe que estará esperando para después de la muerte.

Hoy en el lenguaje eclesiástico se habla mucho de comunidades y de pequeñas comunidades; pero, hay que saber qué se está entendiendo por pequeñas comunidades según nuestro Plan Pastoral. Toda reunión en el nombre del Señor de discípulos de Jesús es comunidad. La Iglesia toda es comunidad universal; una diócesis es comunidad. Una Asociación laical o Instituto religioso son comunidad. Cuando se habla entre nosotros de pequeñas comunidades: por ejemplo, los fieles que se reunieron para rezar el rosario o que lo hacen para escuchar y orar la Palabra de Dios; sí, su comunidad, los grupos de oración o de matrimonios son comunidades; pero, hay que distinguirlas de las pequeñas comunidades de nuestro Plan pastoral. Distinguir no es despreciar ni minusvalorar; es cuestión de tener claridad en lo que se está considerando.

Es bueno por tanto de ahora en adelante llamar a estas comunidades “pequeñas comunidades P.R.P.” para entender que se trata de unas comunidades nacidas de la Misión Familiar Parroquial que han hecho las catequesis kerigmáticas, que se van formado en la fraternidad y la comunión y que en sus primeros años de funcionamiento siguen los textos de Iniciación Cristiana de adultos y que luego de ellos podrán seguir manteniéndose reunidos en torno a la Lectura Santa. No se pueden confundir con otros grupos ni reuniones.

Estas pequeñas comunidades P.R.P. buscan ofrecer a sus miembros un proceso e itinerario de formación sólida en la fe, de vida según el evangelio y de pertenencia a la Iglesia en comunión explícita con el Papa y los obispos. Gran número de bautizados no conocen ni entienden lo que creen ni porqué, ni para qué lo creen; por eso, caen en el alejamiento y la indiferencia y quedan expuestos a tantos peligros y tentaciones. Dios nos regaló la inteligencia y la libertad y no se puede renunciar a ellas. No nos quiere esclavos, ni ignorantes dominados por las pasiones y el error.

Las pequeñas comunidades P.R.P. son el medio para alcanzar la luz, la vida y el verdadero amor y por eso ofrecen a sus integrantes una manera nueva, fuerte, gozosa, llamativa de vida como discípulos de Cristo. La cercanía fraterna de la fe y el amor, la guía de la Palabra, la relación espiritual con Dios y con los demás por la oración y la Eucaristía son básicos para la formación y la vida de comunión en la Iglesia. La práctica del mandamiento de la caridad a través de la solidaridad, la confianza, el aprecio, la tolerancia, la ayuda en las necesidades; son la manifestación de la belleza y la maravilla del estar de Dios en medio de los suyos. Es en la comunidad en donde se llega vivamente a conocer, amar y entregarse al Señor; en donde se anticipa la salvación del cielo. La alegría, la perseverancia y la vitalidad del compromiso cristiano y misionero serán los indicadores de autenticidad de las pequeñas comunidades y de la vida cristiana de cada uno en ellas.

Como Obispo hago llegar a todos los hermanos de nuestra Diócesis un llamado para que supliquen al Señor la gracia de pertenecer a una pequeña comunidad P.R.P. Acérquense a sus párrocos para que los orienten; a los que ya pertenecen pido del Señor la perseverancia y la fortaleza para permanecer y no abandonarla a causa de las dificultades y obstáculos. Permanecer siempre con la ilusión y la determinación del Espíritu Santo. Hay que ser conscientes de que hoy no es fácil ser discípulo misionero; esto lo sabe Dios y sin embargo nos sigue invitando y ayudando.

Las pequeñas comunidades P.R.P.están llamadas a ser semilla y fermento de renovación para la vida de nuestra Diócesis pues son ambientes propicios para el surgimiento de apóstoles laicos y de vocaciones sacerdotales y religiosas. Porque son lugares de salvación también llegarán a ser luz del mundo y sal de la tierra para contribuir a la construcción de la justicia, la paz y la reconciliación.

+ Héctor Cubillos Peña

                                                         Obispo de Zipaquirá