CADA UNO, UNA ANTORCHA

Los “iluminados” así fue como se llamaron los primeros cristianos. A ese estado y condición se llegaba por el bautismo; y se llega también hoy y siempre será así. En el discípulo hay luz, hay claridad y por tanto vida. La luz del sol sobre la naturaleza es la expresión de la luz divina sobre los seres humanos y la creación. La resurrección de Cristo rompió la oscuridad de la noche. El cristiano es luminosidad porque es Cristo, la luz del mundo el que lo llena con su resplandor. Cristo es luz porque es la presencia de Dios, es luz porque es maestro de verdad, de amor y de vida. Toda la vida de Jesús, su palabra y acción e irradiación es claridad. Cristo es por tanto la gloria divina manifestada en su vida en medio de nosotros y a la manera humana. Hace unos cuantos días en los templos a la hora de la Misa resonaban estas palabras de San Pablo: “el Dios que dijo: -“Brille la luz del seno de las tinieblas… ha brillado en nuestros corazones…” (II Cor. 4, 6a).

Nuestros corazones se han llenado de luz. Todo bautizado debe darse cuenta de esta verdad. En su interior hay luz; ella ha disipado las tinieblas del error, el egoísmo, la envidia, y la violencia. Es el milagro obrado por el bautismo, la luz, es vida, es esperanza, es confianza, es optimismo y alegría.

Llegamos a quedar iluminados por la gracia de la fe que Dios nos ha infundido en lo más profundo. Y esa luz es permanentemente alimentada por la Palabra de Dios, por la enseñanza de la Iglesia, y por la oración. La luz necesita de una mecha; de igual manera, esa luz divina se encuentra cuando está adherida a la conciencia personal. El discípulo del Señor necesita estar permanentemente alimentando la luz. Si no se alimenta llega a caer en la oscuridad y las tinieblas. Cuantos iluminados hay en los que no brilla la luz. Son miles y miles. Aún hay quienes se creen que están con Dios y sin embargo por su vida y obras están en la ceguera de la incredulidad y las tinieblas del pecado. Hoy en día las amenazas de quedar sin la luz divina acecha por todas partes. Colombia es aún hoy día una nación de mayoría católicos; es decir, de muchos iluminados por Cristo; pero, los hechos desmienten las estadísticas. Colombia tiene muchas zonas de tinieblas.

San Pablo en el texto citado continúa diciendo: (iluminados)… “para que nosotros iluminemos, dando a conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo” (II Cor. 4, 6b). El que ha sido iluminado está llamado a iluminar. Ya Jesús lo había dicho: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt. 5, 14). Cristo es luz brilla a través de los suyos. El encargo es pues, iluminar. Llenar de luz las tinieblas de la violencia, el engaño, el rencor con el amor, el perdón, la tolerancia, la confianza y el diálogo. Llenar de luz la vida comunitaria de la vereda o el barrio o la cuadra con la solidaridad, la atención al que sufre, la alegría y el respeto en la convivencia. Llenar de luz las relaciones con la honestidad y la confianza para disipar el miedo, la intolerancia y la indiferencia.

El iluminado está llamado a dar luminosidad a la actividad política, tan atrapada por las tinieblas en la actualidad; a llevar la gloria de Dios manifestada en Cristo a los negocios, a los grandes proyectos materiales y sociales. Quien no brilla es porque está apagado. Se necesita de la justicia, de la reconciliación, del trabajo por la paz para que del caos y las tinieblas surja el nuevo mundo. Si en Colombia se oyen las voces que claman por el respeto y la dignidad de las personas, familias y grupos

humanos, es porque es urgente e ineludible salir de la ceguera, la sordera y la parálisis el permanecer ciegos, sordos y paralíticos. He aquí la gran tarea y responsabilidad de todos los iluminados. El mundo entero, nuestro país, nuestro municipio y familia esperan la luz, y esta luz llegará si, de Dios pero a través de sus antorchas que es cada uno de los iluminados en el bautismo. Seremos evaluados al final sobre la capacidad o no de iluminar que se nos concedió para el bien de los demás.

+ Héctor Cubillos Peña

Obispo de Zipaquirá