CUARESMA: RECORRIDO DE VIDA Y AMOR

El pasado 14 de febrero fue el Miércoles de Ceniza. Muchos se acercaron para que les fuera impuesta la señal de la cruz en la frente siguiendo una tradición de muchos siglos en la Iglesia y entre nosotros. En ese momento resonó en los oídos de cada uno la invitación de Jesús al inicio de su misión pública: “conviértete y cree en el Evangelio”. (Mc. 1, 1, 15) Invitación al arrepentimiento, al cambio, a desechar todo lo contrario al bien y al querer de Dios. Ciertamente, no todos lo hicieron con esa disposición de responder a la invitación de Jesús. Extraña que a la ceniza sean llevados niños pequeños que no tienen conciencia y no están en capacidad de cometer pecados debido a su corta edad. Otros lo hicieron por otros motivos que no coinciden con el amor de Dios, ni con lo que Él pide a los que han sido bautizados.

Ya han transcurrido unos cuantos días desde ese miércoles. Estamos a mitad de camino. Para tomar nuevos impulsos para los días que faltan de Cuaresma vale la pena atender a lo que dice la oración tercera que se dice en la misa antes del canto del “Santo, santo, santo” y que se llama prefacio; ella dice así: “…porque quisiste que a nosotros, pecadores, nuestras privaciones voluntarias nos libraran del orgullo, nos sirvieran de acción de gracias y nos hicieran imitadores de tu bondad al entregarlas para alimento de los pobres”.

Ante todo se trata de las privaciones voluntarias es decir de las prácticas de Cuaresma entre las cuales sobresalen las que Jesús pidió en el Evangelio: la oración, el ayuno y la limosna; no son las únicas, pues el amor de Dios y la práctica de la caridad revisten múltiples expresiones y formas como el privarse de los gustos particulares buenos, el combatir lo que no se debe hacer, y muchos más.

Estas privaciones, en primer lugar según la oración son un querer de Dios. En el Evangelio: Jesús habla de negarse a sí mismo y tomar la cruz para seguirlo (Cfr.Lc. 9, 23) de practicar las cosas buenas hasta el extremo y el sacrificio de sí mismo (Cfr. Lc. 9, 23) Ellas son voluntad de Dios pero deben ser practicadas voluntariamente, porque así se quiere, y se quiere porque este es el secreto para alcanzar el bien, el amor, la paz, la alegría y la felicidad. No hay otro camino; todo otro sendero es una falsa ilusión y un engaño. Ni el dinero, ni las comodidades, ni los placeres lo pueden lograr. Esas privaciones voluntarias como lo son el dedicar tiempo a la oración, renunciando a emplearlo en otras cosas, como el privarse de alimentos y el desprenderse del dinero para ofrendarlo a Dios y a los pobres, según la oración que consideramos tiene tres efectos positivos:

Primero: “…nos libraran del orgullo,…” El orgullo es el peor mal que tenemos dentro; pues es el que tiende con gran fuerza a rechazar a Dios, a no querer escucharlo, a colocarse cada uno con una mayor autoridad y poder sobre Dios; es el que convierte a cada uno en un juez de los demás el que hace vivir como si Dios no existiera o como si Jesús no hubiera pasado por este mundo; el orgullo es la esclavitud más grande a la que se puede llegar. En vez de Dios, el yo de cada uno. Las prácticas cuaresmales libran del orgullo y despliegan las fuerzas contrarias del amor, la humildad y la verdadera pobreza espiritual.

Segundo: “… nos sirvieran de acción de gracias…” La gratitud es una virtud de gran importancia para nuestra vida. Jesús se refirió a ella al hablar de aquel leproso que fue el único en retornar a él al verse curado, los otros nueve no lo hicieron (Cfr.Lc. 17, 11); la gratitud hace reconocer que todo es don de Dios. Dar gracias es dirigirse a Dios para reconocerlo como la fuente de todo lo que se es y lo que se tiene. Orgullo e ingratitud van de la mano.
Tercero: “… y nos hicieran imitadores de su bondad al entregarlas para alimento de los pobres.” Este efecto de las privaciones voluntarias, especialmente la limosna, es el que nos muestra de que manera la Cuaresma es el tiempo especial, no el inicio puesto que este debe ser siempre practicado, para asemejarnos a Dios que es la meta de vida de todo hijo suyo, discípulo de Cristo y hermano de los demás: “Sed misericordiosos como el Padre celestial es misericordioso” ( Lc. 6, 36).

Desprenderse de los bienes, dar con generosidad la ayuda económica para los pobres es el acto que nos hace amar como Jesús y es la oportunidad para vencer el orgullo y el egoísmo que está en el interior de cada ser humano. Por estos días en toda Colombia se realiza la campaña cuaresmal de la “Comunicación Cristiana de bienes” que como todos los años invita a mirar al prójimo desvalido y necesitado, a abrirle el corazón para sentir su dolor y angustia y para extender la mano para ofrendarle una ayuda espiritual o material.

Hemos pues de suplicar al Señor y empeñarnos con todas las fuerzas para hacer que esta oración de la Misa se haga realidad en la vida y el corazón de cada uno para participar de la nueva vida de Cristo resucitado que es liberación del orgullo, oración de acción de gracias y vida de bondad y amor.

+ Héctor Cubillos Peña
Obispo de Zipaquirá