Discípulos misioneros en comunidades por el Espíritu

El tiempo pascual, iniciado en la noche del Sábado Santo y Domingo de Pascua se prolonga durante los cincuenta días siguientes y culmina con el domingo del Espíritu Santo, llamado Pentecostés que en este año será el 9 de junio. Esta gran fiesta viene precedida por el Domingo de la Ascensión que conmemora la exaltación y glorificación de Cristo resucitado a la derecha del Padre. Antes de subir a los cielos, Jesús les había pedido a los Apóstoles que fueran a Jerusalén y se prepararan para la llegada del Espíritu Santo.

El don del Espíritu Santo a los Apóstoles y en ellos a la Iglesia es el fruto y el objetivo de la obra y misión del Hijo de Dios hecho hombre. La donación de la tercera persona de la Santísima Trinidad cumple el propósito de Dios Padre al enviar a su Hijo para compartirnos su amor, su luz y su vida. Y esto es lo que anhela la humanidad y cada uno: vivir con Dios y en Él para siempre, libres de la muerte, el mal y el pecado.

El nombre Cristo significa ungido; lo mismo para el cristiano; y la unción es la acción de recibir al Espíritu Santo en lo más íntimo del ser humano. La Sagrada Escritura nos enseña cómo fue que el Espíritu Santo descendió sobre la Virgen María, la cubrió con su sombra e hizo que ella concibiera en su seno al salvador. Jesús, por su parte, según los evangelios aparece animado, guiado y fortalecido por el Espíritu Santo en todo momento de su actividad de predicación o de buenas obras. Y, Jesús antes de su pasión promete enviar con su Padre el Espíritu a sus discípulos.

Hay un pasaje muy bonito y muy diciente en el que Jesús se presentó con el Espíritu Santo: es el pasaje en la sinagoga de Nazaret cuando ante la gente cuando ante la gente, lee al Profeta Isaías y se apropia de lo que se anuncia allí. Ese pasaje es: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido y me ha enviado…”  (Lucas 4, 18). Y esto mismo es lo que debe decir cada uno sobre sí mismo ante los demás, porque también ha recibido al Espíritu Santo: sobre cada uno está el Espíritu y ha sido ungido y enviado.

  1. El Espíritu Santo sobre mí: lo dice Jesús de sí mismo, se dice de la Virgen María: Dios “te cubrirá con su sombra” y por tanto cada uno tiene el Espíritu Santo. Un discípulo de Cristo ha recibido en el Bautismo al Espíritu que es el que lo cobija, lo protege, lo acompaña siempre. Tener el Espíritu es tener a Dios y esto es lo más grande que se puede obtener. No se puede olvidar nunca. Lo recuerda la expresión bíblica: “El Señor está contigo”. Todo bautizado debe estar siempre atento a permanecer bajo la presencia del Espíritu; que no es algo o alguien que se pueda comprar o conquistar sino recibir. El Espíritu no es un convidado de piedra, sino que nos hace respirar y vivir en el amor, la vida, la luz y el gozo de Dios; con otras palabras el discípulo es un templo en donde Dios está. Tener el Espíritu es gozar de la vida de Jesús resucitado a través de su Espíritu.

 

  1. “…porque el Señor me ha ungido…”: el aceite que se aplica sobre la piel penetra por los poros y hace rejuvenecer y brillar los tejidos del cuerpo; el Espíritu Santo como el aceite penetro en la persona para que brille como hijos de Dios salvado por Jesús. El Espíritu entra para consagrar a la persona y hacer que toda su vida sea un reflejo de Jesús; que su amor resplandezca en el amor a los demás y a Dios: que su vida sea agradable a Dios al escuchar y poner en práctica las enseñanzas de Jesús y el ejemplo de su vida. En esto consiste ser sacerdote con todos los bautizados.

El hombre ungido por el Señor es el que se hace ofrenda a Dios, es aquel en quien Dios se complace porque a Dios se le agrada con el vivir como discípulo de Jesús, el Maestro y no con solo grandes oraciones, promesas y ofrendas materiales. La unción del Espíritu y sus siete dones son los que hacen posible una vida verdadera de discípulos de Cristo.

El Espíritu enseña a orar, a escuchar a Dios, a amarlo a Él y a los demás como Jesús. Él es la fuerza que hace posible ser firme y fuerte ante los atractivos del mal y del pecado; sin Él es imposible ser discípulos; por tanto hay que estar atentos y ser dóciles a sus inspiraciones. No podemos entristecer al Espíritu como dice San Pablo. (Efesios 4,30)

Dice la oración: “Envía el Espíritu Santo. Y renovarás la faz de la tierra. El Espíritu nos mantiene vivos para Dios, nos hace resucitar permanentemente, nos hace optimistas, creativos, invencibles, porque es Dios”.

  1. “…y me ha enviado”: Jesús mandó a sus discípulos para que anunciaran el Evangelio y fueran sus testigos. Jesús fue enviado por el Padre y el discípulo y misionero porque lo ha enviado Jesús y para esto envió el Espíritu Santo. El discípulo de Jesús recibe el Espíritu Santo en la confirmación para ser misionero.

 El Espíritu Santo es comparado con el viento en la naturaleza: no se ve directamente pero es frescura, es fuerza, es impulso para ser valientes testigos y misioneros. El misionero de Jesús con el Espíritu Santo sale más allá de su casa y su parroquia para gritar que Jesús está vivo y es el salvador, tiene la fortaleza para contribuir a que las comunidades y sociedades se organicen y viven en paz, en justicia, en respeto para que haya fraternidad y armonía. La cobardía y la pasividad no pueden ser distintivo del discípulo misionero.

  1. Finalmente: somos discípulos misioneros no aislados sino en comunidad porque “Caminamos juntos”. Lo hacemos con otros, con muchos; con la familia y la comunidad. El Espíritu Santo es el Espíritu del amor. El espíritu convoca, reúne y une; no distancia, opone o separa. El discípulo misionero vive en comunidad. La violencia física o verbal, la indiferencia para con Dios o con los pobres y necesitados no va con Dios, ni con nadie. Unas muestras de obediencia al Espíritu se dan cuando un cristiano busca la unidad familiar y social; cuando mantiene una comunicación con Dios en le reunión sagrada de los discípulos en el templo; cuando plantea la resistencia ante las tentaciones y ocasiones de pecar y hacer el mal; cuando sale triunfante la honestidad; cuando a pesar de todo se permanece junto a Jesús y fiel a Él.

 

+ HÉCTOR CUBILLOS PEÑA

                                                        Obispo de Zipaquirá