“EGAN: UNA VIDA Y UN TRIUNFO QUE ANIMAN”

Toda Colombia y especialmente Zipaquirá vivió en días pasados una experiencia especial con motivo del triunfo del ciclista Egan Arley Bernal Gómez en el Tour de Francia, evento de los más altos y exigentes del deporte mundial y no sólo del ciclismo.

Los diferentes medios registraron de manera atenta y permanente el desarrollo de la competencia, particularmente la llegada final de Egan a París por las calles de esa gran ciudad hasta su premiación en los Campos Elíseos; y posteriormente le fue brindada la acogida por miles de personas en la Plaza de los Comuneros en Zipaquirá, la ciudad del campeón.

Colombia y Zipaquirá se vistieron de fiesta; la alegría por la grandeza del triunfo se expresó en las clamorosas ovaciones, cantos, aplausos y manifestaciones de gratitud, reconocimiento y admiración por la hazaña de este joven colombiano en el exterior. Lo vivido quedó claramente reflejado en las tomas fotográficas y de video de Julián, el niño zipaquireño al contemplar el triunfo con su mirada pura y conmovida casi hasta las lágrimas y su casco protector que señalaba que veía en Egan su ídolo en su práctica ciclística infantil.

El triunfo de Egan no fue el de un ciclista individual sino el de toda una nación; de ahí las multitudes que estuvieron atentas a su carrera y las que en Zipaquirá aplaudieron y aclamaron. El sentimiento era el de un triunfo compartido a todos; hecho partícipe a grandes y niños.

La rueda de prensa que Egan concedió en el acto de bienvenida el 7 de agosto. fecha en que también era celebrada la Batalla de Boyacá en sus doscientos años, fue toda una manifestación del campeón, de su experiencia de vida, su amor por el ciclismo, su infancia y juventud, de sus sacrificios, anhelos y metas de vida; como también la del abrir de su corazón para mostrar el amor por tantas cosas bellas y buenas en su vida, sus esfuerzos y privaciones soportadas con entereza, constancia y valentía; y, de manera especial por esos valores, principios y actitudes de vida que verdaderamente mostraron quién es Egan, más allá del triunfo deportivo, y que hicieron también posible este gran logro. Un campeón humano, un joven que brilló en ese momento de la rueda de prensa por su humanidad, y que por eso, ha despertado aún más la admiración y el reconocimiento de todos. Los colombianos en el corazón vibran por los valores, principios y riquezas más altas y posibles.

Vale la pena resaltar algunas de las riquezas humanas de la persona y de la vida de Egan. En primer lugar resalta el profundo cariño y respeto, por su familia. No afloró porque en su interior no anida el resentimiento o la indiferencia; en medio de las limitaciones materiales brilló el reconocimiento y exaltación de una familia vinculada sólidamente por el respeto, el amor, la entrega y el sacrificio empeñada en el bien de todos en el hogar; en segundo lugar, fue clara su convicción de que toda persona, y muy especialmente los niños han de ser acompañados en su búsqueda por alcanzar lo que más les gusta en cuanto a la dedicación por un ideal valioso de vida, los niños son futuro, renovación de la sociedad y no hay que impedirlo. En tercer lugar, la fe religiosa vivida y heredada de la familia como principio y motor de toda una vida y trabajo. El signo de darse mutuamente con sus papás y hermano la bendición manifiesta ese tesoro tan grande de la vida cuando se apoya y confía en un Dios providente que protege, acompaña y sostiene el caminar de los seres humanos.

De igual manera, el campeón con su victoria y testimonio demostró la importancia decisiva de la constancia, de la coherencia del vivir de acuerdo con el ideal propuesto; la firmeza de las decisiones tomadas en libertad y la esperanza del logro de las metas. En definitiva, muchas de las respuestas a las preguntas de los periodistas pueden ser tomadas para reflexionar por su riqueza y profundidad. De manera especial aquella frase de Egan: “…en definitiva la carretera pone a cada uno en su lugar”; es decir, la vida hace que cada uno se ubique en el lugar que le corresponda con lo que es y lo que busca; de acuerdo con las disposiciones y posibilidades que tiene; lo cual indica que no se trata de una fatalidad o del destino ciego sino de lo que cada uno anhela, se propone y trabaja para alcanzar. Finalmente, llama la atención lo que Egan repitió tanta veces: un triunfo, una gloria es algo compartido, algo que sólo se alcanza con la participación de otros; en su caso, vale la pena exaltar la presencia de aquellos que le ayudaron desde su infancia a avanzar en la ruta hacia la futura meta de París en el tour. Porque un campeón no llega a serlo solo, por eso es que también el triunfo no es solamente suyo y la humildad y la sencillez son las que hacen posible su reconocimiento.

Estos pensamientos sobre los acontecimientos vividos por todos a raíz de la victoria de Egan, traen a la mente aquellas palabras del Apóstol San Pablo: “Muchos corren pero uno solo gana el premio. En cualquier competición los atletas se someten a una preparación muy rigurosa, y todo para lograr una corona que se marchita, mientras que la nuestra (la de Cristo) no se marchita” (1 Corintios 9, 24-25). San Pablo ve que su vida es una carrera para alcanzar la meta del triunfo de Cristo sobre la muerte y el pecado; una meta que es para todos y que no va a pasar jamás. El podio de todo discípulo de Jesús y de todos juntos es el llegar a estar sentando con Cristo a la derecha del Padre en la eternidad y para siempre. Que la victoria y el ejemplo de Egan sean para todos una voz de ánimo y un ejemplo para que con la ayuda de Dios, también cada uno puede alcanzar las metas más altas en esta vida y la meta ultima eterna con el Señor en su seguimiento terreno al final con la ayuda de los demás, es decir, en comunidad.

+ HÉCTOR CUBILLOS PEÑA

Obispo de Zipaquirá