¡FELICES PASCUAS!; ESO TE DESEO

La presente edición de la publicación diocesana de Zipaquirá del primero de abril coincide con el Domingo de Pascua, el domingo más importante del año litúrgico por ser el día de la conmemoración de la Resurrección de Cristo luego de la celebración de los Días Santos y del Tiempo de la Cuaresma. Luego de la celebración maravillosa de la Vigilia Pascual de la noche del Sábado Santo empieza a correr de boca en boca el saludo tan conocido de ¡Felices Pascuas!, saludo que brota del corazón con ese tono de alegría. Muchos se saludan con estas palabras. Y este buen deseo se complementa con esa expresión que resonará en los templos: ¡Aleluia, Aleluia, Aleluia! El decirnos: Felices Pascuas y el cantar Aleluia se refieren a la misma realidad de la fe que todo fiel proclama: ¡Cristo ha resucitado!.

El acontecimiento de la Resurrección de Cristo es la máxima obra de Dios realizada desde la creación del mundo. Por eso es que cada domingo del año y cada celebración de la Misa es una fiesta de la resurrección de Cristo. Vale la pena preguntarse sobre la importancia que le damos a este acontecimiento a lo largo de nuestra vida. Dice San Pablo: “Y si Cristo no resucitó vacía es vuestra fe.” (Cfr. ICo. 15, 17)

A la celebración de la Resurrección le dedicamos de manera muy especial el llamado Tiempo Pascual que se inicia con los ocho días de la semana que luego del Domingo de Pascua se trata de la llamada Octava de Pascua; festejo que se prolongará durante cincuenta días, hasta la fiesta de Pentecostés, que este año será el 2 de mayo.

El Tiempo de Pascua viene preparado por la Cuaresma iniciada el Miércoles de Ceniza. Pero en la vida de los católicos, según la enseñanza de Jesús, tanto la preparación como la celebración tienen una manera muy especial de preparación. No se trata sòlo de lo externo, de lo que se ve por los ojos y se siente por los oídos y nada más. Dios que ve lo secreto, va al corazón de cada uno, a lo más íntimo; a lo que no se ve afuera. En muchas ocasiones de la vida se percibe una contradicción entre lo que se siente y lo que se habla. A todos el Señor nos pide una concordancia entre lo que sentimos y pensamos con lo que decimos y hacemos.

Las relaciones con Dios no deben ser de mentira, engaño o interés egoísta. Tanto las palabras, como el corazón o como las obras, han de tener como inspiración las enseñanzas de Jesús en el Evangelio. Este fue el problema de los judíos y fariseos que Jesús desenmascaró y que hizo que ellos lo atacaran y persiguieran.

El apóstol San Pablo tiene una expresión muy clara e impactante: “Si hemos muerto con Cristo, con El hemos de resucitar”. (Rm. 6, 8) es decir, celebrar la Resurrección es estar viviendo de manera resucitada como Cristo y con El, habiendo muerto como El y con El de manera espiritual, no física claro está.

Tanto la Muerte de Jesús como su Resurrección no se pueden entender simplemente como el morir físico de Cristo o como el volver luego a funcionar su cuerpo de manera normal y común. La muerte de Jesús fue el fruto del asedio y de la mala voluntad de los hombres; pero, su dolor y agonía fueron las del Hijo de Dios que quiso expresar su amor infinito a su Padre y a toda la humanidad; más aún, con su Muerte y su Resurrección venció de manera contundente y definitiva la fuerza y la inteligencia del demonio y del pecado presente en el corazón de cada ser humano.

Jesús, al vencer de la muerte se manifestó también como el que hace posible una nueva vida para la humanidad en donde el amor, la paz y la justicia hagan retroceder el odio, la violencia y la injusticia; pues, solo en Jesús y con Él es posible una vida de libertad y fraternidad.

Celebrar a Jesús muerto y resucitado en consecuencia es sentir que esa vida nueva ya está en el corazón de cada uno y en el mundo; que ya es una realidad desde el bautismo aunque no completa. No hay que olvidar que Dios respeta las decisiones de los seres humanos; cuando es rechazado no puede hacer nada, y allí sigue el mal con su fuerza destructora; en cambio, en donde llega a ser acogido, sí puede hacer florecer esa nueva vida.

Un gran santo de la Iglesia de la antigüedad dijo: “…para que el misterio de la Muerte (y la Resurrección) del Señor no nos resulte inútil, hemos de imitar lo que recibimos y predicar a los demás lo que veneramos” (San Gregorio Magno).

Desearle ¡Felices Pascuas! al otro, no es otra cosa que expresarle el sincero anhelo de que viva o esté ya gozando de la nueva vida de Cristo. Y, recibir este mismo saludo del hermano es, saber que allí hay una invitación de Dios a dejarse llevar de la presencia de Jesús que llena de alegría el corazón, la vida y el rostro de cada uno.

Que este saludo no se quede en palabras vacías sino que sea un impulso para que el Espíritu de Jesús vivo invada y cambie la vida de todos en nuestra Patria.

+ Héctor Cubillos Peña
Obispo de Zipaquirá