¿Hay algo qué hacer luego del voto para presidente?

El pasado 17 de junio concluyó un largo período de efervescencia política en el país con la elección del nuevo presidente. Fueron tiempos de agitación, de entusiasmos electorales, de frustraciones para unos y logros para otros.

El país se sentía polarizado ante las propuestas de los dos candidatos. No estuvieron ausentes las agresiones, críticas, posturas para desacreditar a uno u a otro de los candidatos, los medios y las redes sociales tuvieron mucho que ver en lo vivido por los colombianos. La gran insistencia de la Iglesia y de otras instituciones, grupos o movimientos fue la de que los ciudadanos votaran con libertad, sin presiones de ninguna clase y de manera consciente y responsable.

Van trascendiendo los días y las disposiciones de las gentes se van calmando; el ambiente nacional gira ahora en torno a lo que será el nuevo presidente; lo que hará, cuáles serán sus nuevos colaboradores inmediatos y cómo se afrontará los grandes retos y problemas nacionales. En este contexto es bueno preguntar: para el elector corriente ¿con su voto ya ha concluido su responsabilidad ciudadana? ¿Lo que viene ahora será el desplegar una posición de espectador o de crítica permanente? Se puede pensar que muchos consideran que será al nuevo presidente a quien le corresponderá íntegramente sacar el país de los problemas e injusticia y conducirlo a un estado idílico paradisíaco inédito. Ante este panorama hay que pensar que para todo colombiano sigue vigente la responsabilidad y el deber de contribuir a la construcción de un nuevo país.

El presidente de la República no es el único a quien le corresponde solucionar todos los problemas. Una nación se construye a partir de la obra de los ciudadanos y de las diferentes comunidades; desde los más humildes hasta los más influyentes en la vida social. Hemos de pensar todos que el nuevo país se construye desde la familia, las instituciones educativas, las diferentes agremiaciones, los municipios y departamentos. Una mujer construye país desde su hogar, unos niños desde su cuadra de barrio, unos vecinos desde sus hogares, cada profesional o empleado o empresario desde su propio ámbito de desempeño y de familia.

Hay que romper con la indiferencia y el pesimismo. La violencia y la corrupción han invadido todos los lugares de la convivencia humana. En la vida familiar ya se dan estos males y ¿qué decir de los ambientes de las escuelas, colegios o universidades?. La corrupción no solo es práctica en los altos niveles de la administración pública y la privada; se da también en todos los niveles.

Es en los primeros años en los que se debe educar y crear los contextos sanos y propicios para una nueva sociedad. Por la experiencia de los siglos de la humanidad se ha llegado a afirmar: “la familia es la célula básica de la sociedad”; o también “una sociedad, un país será lo que sean sus familias” estamos llamados a ser hogares y escuelas de los grandes y fundamentales valores y principios éticos de la sociedad: el respeto, el diálogo, la convivencia pacífica, la tolerancia, la solidaridad y tantos otros que son esenciales en las relaciones humanas.

Es en la familia y también en la escuela donde se aprende la convivencia que se rige por la aceptación y reconocimiento de la dignidad de la persona y sus derechos. La familia o los centros educativos no pueden ser escuelas de antisociales. El ser miembro de una sociedad o de una nación va más allá de vestir una camiseta amarilla para los partidos de futbol.

El patriotismo es ante todo el amor por el país, por los ciudadanos y comunidadesConstruir un país es querer alcanzar la más alta disposición y capacitación no solo para el bienestar propio y familiar sino para el de toda la comunidad. La alegría por los triunfos deportivos tienen que convertirse en sueño y compromiso para hacer de Colombia una gran nación.

En el corazón humano siempre permanecerá la inclinación del egoísmo que solo piensa y busca el bien propio. Es necesario combatirlos por todos los medios. Todos tienen el derecho a aspirar a lo mejor y más alto; pero este anhelo no puede ser una quimera; es a partir del empeño de uno y de todos como se irá haciendo realidad. Es cierto, el Presidente de Colombia tiene la más alta responsabilidad en la construcción del nuevo país, pero cada uno y juntos en su espacio vital contribuyen a que esto sea realidad.

Los discípulos misioneros de Cristo, por vocación tienen también responsabilidad; su vocación social tiene que sobrepasar las paredes del templo o de los salones parroquiales: Con el Evangelio de Jesús que es camino de amor y vida y con la fuerza de su amor, cada bautizado y miembro de la Iglesia está llamado a sembrar el Reino de Dios para que ésta llegue a brillar y manifieste la presencia salvadora de Dios, porque “donde hay amor, allí está Dios”. Dios está en todo lo bello y bueno que hay en medio de la vida humana; y sin Dios es imposible la nueva tierra.

Colombia necesita de los discípulos misioneros de Cristo y de la Iglesia.

+ Héctor Cubillos Peña
Obispo de Zipaquirá