LA FIESTA PATRONAL DIOCESANA DE ZIPAQUIRÁ: Fiesta de empeño e ilusión

Los católicos en el mundo, el 15 de agosto celebran desde hace mucho tiempo la gran fiesta de la Asunción de Nuestra Señora. En Zipaquirá la celebramos de una manera especial pues ella es la Patrona de nuestra Diócesis. El sábado 19 de agosto de manera muy solemne y con gran concurrencia de parroquias, sacerdotes, religiosos y fieles celebraremos nuestra fiesta diocesana en la Catedral a las 10 a.m., y posteriormente para los que no puedan asistir el 19, el domingo siguiente será en cada una de las parroquias.

Dice la oración del principio de esta Misa de la Virgen: “Porque te has complacido, Señor en la humildad de tu sierva, La Virgen María, has querido elevarla a la dignidad de Madre de tu hijo y la has coronado en este día de gloria y esplendor”. La fiesta tiene como motivo la coronación de María con gloria y esplendor. La asunción de la Virgen en cuerpo y alma le viene por haber respondido con toda fidelidad y entrega a la voluntad de Dios que quería que ella fuera la madre del Hijo Jesucristo. La asunción nos pone ante los ojos a nuestra Madre en la meta de llegada a su vida en la tierra desde el primer momento de su existencia. María en el cielo para toda la eternidad está unida a su Hijo Jesús; goza del triunfo de la resurrección de Cristo habiendo pasado por la cruz. La Virgen es la prueba de lo que puede llegar a hacer Dios en sus creaturas. Nuestra fiesta patronal debe ser por tanto la expresión firme y segura de nuestra fe en la gloria y el poder de Dios en beneficio de sus hijos, la garantía de lo que está llamado a ser también cada uno de los hijos de Dios. Hemos de hacer fiesta con gozo, y la esperanza puesta en Dios como lo hizo María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi alma en Dios mi Salvador”. (Lucas 1, 46-47)

Participar en esta solemnidad no es solo alabar y bendecir al Señor por su obra en María, sino que también es celebrar por cada uno de nosotros y nuestras comunidades cristianas en su conjunto puesto que es en unidad y comunión como somos Iglesia diocesana. Eso es lo que hemos de vivir al venir a la fiesta para reunirnos en unidad en la Catedral.

En la segunda parte de la oración le pedimos: “…por su intercesión, te pedimos que a cuantos has salvado por el misterio de la redención nos concedas también el premio de tu gloria”.

El destino y la meta de la Virgen es también el de cada uno de nosotros y de todos juntos. Según la anterior oración son necesarias dos cosas: la primera, la intercesión de la Virgen nuestra Madre. Para eso ella es patrona de nuestra Diócesis. Su oración, cuidado e interés son para que nosotros también alcancemos esa gloria maravillosa; y la segunda para que el Señor nos conceda ese mismo premio eterno; pero, esto será para los que hemos sido salvados por el misterio de la redención; es decir para los que estamos vinculados a Jesús por tener ya su vida de resucitados.
Para alcanzar este triunfo es necesario mantenerse y vivir como discípulos misioneros de Jesús y de la Iglesia; y serlo con determinación, seriedad y compromiso por vivir según el Evangelio de Jesucristo. Este anhelo, esta meta ha de ser la que nos inspire permanentemente para escuchar a Jesús, Palabra de vida y para ponerla en práctica anunciándola como misioneros suyos. Hoy más que nunca este encargo recibido de Dios se hace más urgente y necesario puesto que hay muchos familiares, amigos y conocidos que se han alejado de Dios y porque nuestra sociedad y país se ven amenazados por tantos males que están matando y haciendo tanto daño. La Virgen en la gloria del cielo nos está diciendo que el triunfo de Jesús sí es verdadero y es una posibilidad real para todos nosotros; la prueba es la asunción de nuestra Señora.

La Virgen ya gloriosa nos está invitando y animando para que como Diócesis de Zipaquirá todos juntos no desfallezcamos en el empeño de ser discípulos misioneros de Jesús, hijos valientes, responsables y colaboradores de la Iglesia en pequeñas comunidades y constructores de una nueva sociedad de paz, justicia y amor. Jesús es luz y amor divinos. La Virgen María es la que nos los entrega y cada uno es quien lo ha de comunicar a los demás. Hemos de ser y de vivir siempre con esa esperanza final, más allá de la muerte, con la que nos aguarda Dios nuestro Señor y María nuestra Madre, Modelo y Patrona. En nuestra diócesis no puede haber pesimismo, frustración o despreocupación. Cristo ha resucitado y María ya goza de este triunfo pleno en el cielo para siempre.

En esta fiesta patronal invoquemos a la Virgen María que nos acompañe, inspire y asista con su amor e intercesión en la preparación y realización de la próxima XVIII Asamblea diocesana, ya que ella será para todos un ejemplo para acercarnos a esa meta de nueva vida de la que ya gozó nuestra Madre.

+ Héctor Cubillos Peña
Obispo de Zipaquirá