“¿Maestro bueno, qué he de hacer para heredar la vida eterna?” (Lc. 18,18)

Ahora que ha terminado la XVIII Asamblea diocesana de pastoral y que ha sido promulgado por el obispo y presentado el documento de las conclusiones y directrices para los años 2019-2024; documento titulado “Caminemos juntos”, es importante volverse a hacerse esta pregunta del evangelio que le hace a Jesús un judío: “¿Maestro bueno, que he de hacer para heredar la vida eterna?”

Es la pregunta de ayer, de hoy y de mañana; la de siempre. La que cada uno ha de hacerle al Señor para obtener una respuesta. Este judío le pregunta a Jesús sobre la manera, la clave para obtener la vida eterna; es decir su felicidad y el bien de todos los hombres. Y se la hace a Jesús a quien reconoce como maestro más aún, como un buen maestro; es decir alguien en quien confía que le oriente de manera verdadera y segura puesto que está en juego su destino.

De igual forma hemos de dirigirle a Jesús esta pregunta. En medio del dolor, la muerte, el sufrimiento, el engaño, la violencia, los vicios, el mal que nos hacen o incluso hacemos; cuando vemos familias destruidas, que son escenarios de violencia y guerra, cuando miramos a niños y jóvenes que no quieren estar en su casa por el maltrato y la incomprensión; cuando el consumo de la droga se extiende por todas partes, cuando se ven por las calles jovencitas con sus niños en los cochecitos sin estar acompañadas del papá del hijo, porque se encuentra alejado; cuando no sabemos qué hacer con nuestras vidas y todo parece que no vale la pena vivir y por eso surgen los pensamientos del suicidio; cuando nos pasa todo esto es importante volver a dirigirle a Jesús esa misma pregunta: “¿Qué hacer para que la vida propia y de los demás esté iluminada por la verdad, el amor, la justicia y podamos aseguramos para poder vivir más allá de la muerte?”.

Es la pregunta por lo que Dios anhela para todos. Por eso, hay que dirigírsela a Jesús seguros en él porque como lo dijo: es el Camino, la Verdad y la Vida; es el Maestro que dice la verdad y no engaña. Pero también, los que piensan que son muy buenos cristianos, se confiesan, van a misa, no hacen el mal a nadie han de hacerse frecuentemente esta misma pregunta porque puede que Dios no esté pensando de nosotros de igual manera con lo que nosotros pensamos de sí mismos y nos estemos engañando. Ningún seguidor de Cristo puede contentarse pensando que su vida va bastante bien. El verdadero amor para con Jesús del que se considera su seguidor debe permanecer con la inquietud de querer darle a Jesús siempre más y más. Si Dios nos lo ha dado todo, nosotros hemos de darle también todo.

Esta pregunta es la que nos estamos haciendo desde hace varios años en nuestra Diócesis de Zipaquirá: “¿Maestro, que hemos de hacer para tener la vida eterna?”. Y la respuesta que nos ha dado la Palabra de Dios, como también el Papa y los Obispos ha sido: Hemos de empeñarnos, soñar, luchar, suplicar a Dios que lleguemos a ser discípulos misioneros de Cristo y la Iglesia en pequeñas comunidades parroquiales. Esta es la respuesta. Esto es lo que quiere el Padre del Cielo; para eso envió a su Hijo al mundo; por eso nos lo presentó como Maestro en el Rio Jordán al ser bautizado por Juan. Vino a nosotros para ser Maestro y Salvador. Y en la montaña de la Transfiguración nos invitó a escucharlo; es decir, a ser sus discípulos (Mt. 17,1-5). A esa idea que tenemos muchos de que somos católicos hay que añadirle que somos discípulos misioneros.

Qué hay que hacer para vivir como discípulos de Jesús: lo seremos cuando permanentemente leamos y escuchemos la Palabra de Dios; cuando mantengamos una relación diaria, íntima, viva con Dios; cuando le demos la máxima importancia a la misa y la confesión, cuando en el dolor, la alegría, las grandes decisiones de la vida, en la enfermedad y en toda relación con los demás, tengamos en cuenta lo que Jesús nos enseñó con su predicación y ejemplo. Vivir según las enseñanzas del Maestro es tener la vida eterna; quien no lo hace no tiene vida eterna y ese está en un gran peligro de caer muerto y a lo mejor para siempre.

Otra cosa importante que nos ha señalado la voz de Dios es que debemos vivir en comunión, juntos poniendo en práctica el mandamiento de Jesús de amarnos como hermanos como Él dio ejemplo. Hoy podemos vivir en medio de una comunidad pequeña con otros pocos para encontrar a Jesús presente en medio de sus discípulos, compartir lo que somos y tenemos, ayudarnos unos a otros y animarnos, orar juntos y apoyarnos para ser testigos de Jesús en todas partes y con quien nos relacionemos por razones de trabajo, actividades, familia o descanso. Jesús es el Hermano Mayor de todos sus discípulos que se relacionan como hermanos en Jesús.

El pasado mes de noviembre de 2018 tuvimos la Asamblea diocesana de pastoral en la que nos reunimos todos los sacerdotes, un representante de cada parroquia, unos religiosos, los seminaristas y otros para volvernos a hacer la misma pregunta: “¿Qué hemos de hacer, para tener la vida eterna?”. Siendo conscientes de la orden del Señor “Vayan y hagan discípulos…” (Mt. 28,19) y las conclusiones fueron entre otras las siguientes: todos, sacerdotes y fieles laicos hemos de seguir empeñados en renovarnos para ser mejores discípulos misioneros; hemos de redoblar el trabajo para acercar a los que se han alejado de Jesús y de la Iglesia, todos los bautizados necesitan de la formación para ser mejores seguidores de Cristo; las distintas actividades han de prepararse mejor y todos hemos de realizar estos apostolados en una gran solidaridad y fraternidad.

Para tal fin es que las parroquias están cambiando; los colaboradores se están organizando mejor, los servicios y la atención de las parroquias se están haciendo para que las comunidades parroquiales lleguen a ser cada vez mejores casas y escuelas donde nazcan, se eduquen, vivan y salgan los mejores discípulos misioneros con el fin de tener ya y heredar la vida eterna de Dios para siempre.

A todos y cada uno de los hermanos en Cristo hago esta invitación para que se acerquen, participen y colaboren en la vida parroquial y en sus grupos especiales. Hoy los seguidores de Cristo tenemos muchos atractivos que invitan a alejarse de Dios; pero con el poder y la fuerza de Dios los podemos resistir, por cuanto es mucho más valioso, importante y necesario lo que el Señor nos ha entregado y propuesto.

+ Héctor Cubillos Peña
Obispo de Zipaquirá