NO DESFALLECER. POR NINGÚN MOTIVO.

El verbo desfallecer hace referencia al fallecer, es decir al morir; por tanto indica la urgencia para actuar y no permitir que llegue la muerte. La muerte del que está en grave situación y la desaparición de lo que se pretende que permanezca.

Esta primera consideración hace relación a la súplica y a las acciones correspondientes para implorar y recibir del Señor el don de las vocaciones a su Iglesia. El año 2020 que se está iniciando deberá ser la continuación y la intensificación de la preocupación, búsqueda y súplica por las vocaciones sacerdotales diocesanas y religiosas que con urgencia se están necesitando.

La Primera Carta de San Juan de manera clara y contundente afirma y exhorta:     “Es tal la confianza que tenemos en Dios, que si le pedimos algo de acuerdo con su voluntad, Él nos escucha; y sabiendo que nos escucha cuando se lo pedimos, estamos seguros de recibir lo que pidamos” (14,15).

Hay que tener siempre en cuenta que la petición por las vocaciones está explícitamente enseñada por Jesús en el Evangelio y si esto es así, la petición por las vocaciones es voluntad misma de Dios, no es una súplica piadosa de los miembros de la Iglesia. “Pidan al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies” (Mateo 9,38). Si Jesús lo solicitó es un claro indicador de que esta súplica está en el querer de Dios.

Esta petición está encuadrada dentro de esas características que debe tener toda súplica: “sin desfallecer, con confianza, permanente. Es una súplica en nombre del Señor”. La oración por las vocaciones no solo es con palabras sino que debe incluir las obras, es decir, las acciones que buscan promover la decisión de respuesta de los llamados. Cada uno en la Iglesia, no importa quién sea debe ser un instrumento del Señor para promover las vocaciones. Oración constante y llena de confianza y acción de búsqueda e invitación a posibles elegidos por Dios. En consecuencia esta tarea compete en primer lugar a los sacerdotes por cuanto no solo su oración sino también su vida como visualización de una vocación han de ser promotores de las nuevas vocaciones. Además de los ministros están las familias como primer semillero las cuales no pueden caer en la esterilidad; con su plegaria y ambiente religioso deben mantener las condiciones para que el Señor siembre en ellas su invitación a algún miembro. La súplica al Señor de la mies incluye la súplica por la autenticidad de las familias; en fin, los grupos parroquiales, los agentes de pastoral han de ser voces que se elevan al cielo suplicantes. Y de manera particular en las parroquias, los comités de vocaciones no pueden desfallecer, sus miembros con el Párroco han de buscar el mantenimiento, crecimiento e incremento de su oración y apostolado. Es inconcebible hoy pensar en que haya parroquias sin comité.

La acogida y puesta en práctica del querer del Señor de la súplica y promoción vocacional contiene un profundo significado y dimensiones que la hacen algo decisivo en la vida de las personas y comunidades. Orar y buscar la promoción vocacional siempre será manifestación de la colaboración que todo bautizado y confirmado ha de prestar a la obra salvadora de Dios por cuanto los sacerdotes son fundamentales e insustituibles para la Iglesia y su misión. Así lo ha querido Dios. Orar por las vocaciones es el efecto de un vivo sentido misionero, de un anhelo e interés para que la Palabra de Dios y la gracia de su amor lleguen al corazón de las personas y comunidades. Orar y promover las vocaciones es sentir el sufrimiento y las graves situaciones humanas que no alcanzan a ser iluminadas y transformadas por la gracia divina. En definitiva no orar por las vocaciones denota una despreocupación y desprecio para con el Señor y su obra a través de la Iglesia.

La súplica por las vocaciones no se reduce al llamado inicial, ella abarca también la intercesión y apoyo a la formación sacerdotal y de manera especial a la permanencia, fidelidad y santidad de los ya ordenados sacerdotes. Estamos asistiendo no solo a una campaña contra los ministros de la Iglesia, sino que también a unos casos especiales de antitestimonio de los sacerdotes en diferentes aspectos que están incidiendo negativamente en la escucha a la llamada de Dios y en el desprestigio a esta consagración de vida. Ante estas realidades no es posible desfallecer, por el contrario es necesario reavivar este empeño de oración y promoción vocacional apoyados en la fe y en la certeza y seguridad de la acogida y respuesta de Dios nuestro Señor.

+ HÉCTOR CUBILLOS PEÑA

 Obispo de Zipaquirá