Salir-ir-acercarse

Desde hace mucho tiempo en la Iglesia, octubre es el mes de las misiones. Un domingo en este tiempo es el llamado DOMUND que significa Domingo Mundial de las Misiones. En este año 2018 será el 21 de octubre. El Papa Francisco ha querido que el lema sea: “Tú le haces falta a la misión”.

En muchos aún hoy en día la palabra misión hace pensar en los sacerdotes o religiosas que se van a lugares lejanos, a selvas o desiertos donde a la vez que no son cristianos, viven en la pobreza y el olvido. Hay que pensar que hoy esta manera de ver las misiones ha cambiado puesto que los que no creen en Cristo también se encuentran y en gran cantidad en las ciudades y los campos; en los barrios, fábricas, apartamentos, estadios y discotecas. En la actualidad también los que necesitan de la misión son los vecinos, las familias, las comunidades, los niños, los grupos humanos, los ancianos, los enfermos, los pobres, los ricos, los marginados. A todos ellos ha de llegar el anuncio de Jesús con su mensaje y oferta de vida. Todos son destinatarios del empeño de Dios para ser alcanzados por Él a través de la acogida y la fe.

Dios es misionero y el cristiano también a ejemplo de Jesús.

El mes de octubre es la gran oportunidad para aprender de Jesús, el “Misionero del Padre”; y lo es, porque fue enviado con un encargo; lo es porque lo realizó con infinito amor y misericordia; lo es porque dedicó cada día todo su ser a la misión hasta entregar su vida en la cruz como sacrificado misionero y porque resucitó misionero victorioso. Amó y murió por el bien de toda la humanidad. Todo en Jesús fue misionero: sus pasos, sus miradas, sus labios, sus manos, sus sonrisas, sus lágrimas, sus brazos; su corazón con sus latidos, hasta el último fueron misioneros.

Toda su vida, en fidelidad al querer de su Padre del cielo fue en función de ser el salvador de los hombres y mujeres para que todos tuvieran una vida. “Tanto amó Dios al mundo que envió a su único hijo…” (Juan 3,16).

Para ser misionero, Jesús salió y vino a la tierra de los hombres, dejó el cielo para acercarse a la humanidad; no apareció en su majestad y esplendor sino que lo hizo como cualquier ser humano y más que cualquiera hasta presentarse como el crucificado y el discreto resucitado. Salió de Dios para venir al mundo con la misión de atraer y conducir a los hombres a Dios, arrancándolos de las cadenas del mal, el pecado y la muerte; para incorporar en su triunfo a todos los que lo siguieron como discípulos.

Si Jesús es por tanto el misionero del Padre, también lo han de ser sus discípulos. El llamado y el encargo misionero que recibe todo seguidor de Cristo por el bautismo no es para realizarlo de manera automática y mecánica; el discípulo misionero, como Jesús, lo ha de ser con la mente y el corazón, con su hablar y vivir; movido en lo profundo por el amor y la misericordia que Dios infunde en cada uno mediante el don del Espíritu Santo. Se es misionero con la misma alegría, fortaleza y decisión que tuvo Jesús.

Todo discípulo misionero de Jesús ha de estar vigilante para no llegar a caer en tentaciones contra la misión. Una primera tentación consiste en el desprecio, indiferencia, conformismo por los cuales el seguidor de Jesús deja de percibir y valorar todo lo que implican hasta el extremo las palabras de Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”; cuando esto pasa se cae en la indiferencia, la pasividad, la adoración del dinero, del éxito, de la comodidad e incluso se llega a dejar en el olvido la atención por la verdadera felicidad y plenitud en este mundo y en el más allá. La sed misionera se apaga. En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, se pierde el interés por el bien de los demás. Dejan de importar porque el corazón y la mirada se cierran, el peligro, el dolor, la angustia, la miseria y el riesgo mortal destructivo de los niños que no han recibido la educación cristiana, de los jóvenes amenazados por la desesperación y el suicidio a causa de la droga; la tragedia familiar producida por la violencia, el egoísmo y el engaño; el dolor de las catástrofes naturales, los efectos de los padres autoritarios y despóticos, la fragilidad de los desposeídos y víctimas de la injusticia; en definitiva deja de sentirse las consecuencias de la lejanía y rechazo de Dios. Un verdadero misionero no puede caer en estas tentaciones.

El misionero es por tanto aquel que ha alcanzado la dicha y posee la riqueza infinita de tener y reconocer en él a Jesús y su mensaje de amor; es aquel que va anunciando por todas partes lo mismo que exclamó San Pedro: “No hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres ningún otro nombre por el que debamos ser salvados” (Hechos 4,12). Dios está permanentemente anhelando entregar su vida y amor a través de sus misioneros. Los seguidores de Jesús, impulsados por el Espíritu han de ensayar sin desfallecer los medios y las formas para que Jesús sea acogido y seguido. Es necesario, salir para poder ir y alcanzar a tantos hombres y mujeres que están lejos de Jesús y que se encuentran en el vecindario, en la familia, en el trabajo, en la diversión, en las escuelas y universidades. Vincularse a la vida parroquial es una oportunidad insustituible y necesaria para ser misioneros puesto que ella es y ofrece ser la casa y escuela de los misioneros seguidores de Jesús.

En el Domund se invita a todos a expresar el anhelo personal y compromiso solidario para con las misiones a través de la ofrenda económica. Entrega tu aporte generoso ese domingo y hazlo con alegría. Jesús fue misionero para ti; tú lo debes ser para los demás.