SER SANTOS, ¿UNA ILUSIÓN SINCERA Y REAL?

El mes de noviembre se inicia siempre con la grandiosa fiesta de todos los santos. Para nosotros fue el pasado viernes primero del mes. Según la liturgia, las santos son los mejores discípulos y misioneros de Cristo y la Iglesia que ya se encuentran victoriosos y gozando del triunfo y de la vida para siempre en la llamada “Jerusalén del Cielo” o “Asamblea de los Santos”.

Los santos fueron aquellos que respondieron con toda radicalidad la invitación del Señor a seguirlo: “El que quiera ser mi discípulo que tome la cruz y me siga” (Lucas 9,23). A los santos hay que aplicarles las palabras del Evangelio: “¿Quiénes son mis hermanos y mis padres? Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lucas 11,28).

A ser santos estamos llamados todos los bautizados y confirmados. El santo es el que toma muy en serio a Jesús; el que ha descubierto en Jesús la presencia del Dios de todo poder y de luz, de amor y de vida. El santo es quien se entrega totalmente convencido y con toda la generosidad y donación a Jesús. El que considera a Jesús como “Camino, verdad y vida”, se desvive por escucharlo, amarlo, corresponderle y practicar sus enseñanzas por encima de todo y lo anuncia con valentía y claridad.

Los santos no nacen, se hacen; se van haciendo día tras día, momento a momento: la vida del discípulo santo es la de aquel que va creciendo, madurando y consolidándose en el amor a Jesús y a su Padre en la correspondencia y atención al Espíritu Santo. Quien camina por la santidad vive tras el bien, el amor, la justicia y la solidaridad para con los demás.

Pero el santo aquí en la tierra constantemente es atacado por la tentación para que abandone y desista de la santidad. El santo ha de vigilar, estar alerta para no dejarse sorprender: Jesús mandó “estar vigilantes” (Mateo 25, 13).

El espíritu del mal acecha constantemente porque quiere ganarle a Dios en cada uno de nosotros. Con él no se puede jugar. Las tentaciones del discípulo misionero son innumerables: dejar la relación con Jesús, dedicarse a conseguir solo lo bueno y placentero para sí mismo. La tentación a Adán y Eva en el paraíso se repite cada día a lo más profundo del corazón; el destello de las cosas que no son las de Dios, busca encandelillar nuestra mirada y atraer nuestra vida.

El discípulo santo de Jesús y la Iglesia es necesariamente misionero. Un santo no puede no ser misionero. El santo es misionero o no lo es. Porque el discípulo que es santo vive según las enseñanzas  de Jesús y porque las vive, las manifiesta a los demás: “Brille así nuestra luz para que vean nuestras buenas obras y glorifiquen al Padre Celestial” (Mateo 5,16).

Los discípulos al ser santos viven y transmiten la alegría que viene de Dios. La alegría del santo no es superficial y pasajera; el gozo de Dios es más vivo que el bienestar pasajero sensible; la alegría del Cielo convive en esta tierra con el dolor del Calvario. He aquí algo misterioso que solo lo conoce y lo tiene el que lo ha vivido. La alegría junto con el dolor son manifestaciones del verdadero amor.

Pero, para ser santos se necesita la ayuda de Dios, nadie llega a serlo solo a partir de su esfuerzo; el Espíritu Santo es la fuerza del amor y la luz de Dios para alcanzar la meta. El llamado a la santidad está dentro del llamado discipular. En definitiva un bautizado se va haciendo santo en la medida en que vaya siendo mejor discípulo de fe, activo y valiente misionero.

La gran pregunta para hacerse cada uno es la de si en el corazón y la vida cotidiana se experimenta el llegar a ser santos con ilusión, con empeño y con pasión como nos lo dice el Santo Padre Francisco. Si las personas y las comunidades cristianas fueran santas, Jesús y su Evangelio brillarían para los demás con gran esplendor.

Para terminar vale la pena pensar en la oración del Prefacio de la Misa de todos los Santos que dice:

“Hacia la Jerusalén celeste (el Cielo) donde eternamente te alaba la asamblea festiva de todos los santos nuestros hermanos.

Hacia ella, aunque peregrinos, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y gozosos por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia; en ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad”.

En nuestro caminar de santidad, los discípulos de Jesús y de la Iglesia cada uno y juntos en comunidad, hemos de mantenernos atentos, animados y resueltos para llegar hasta el fin, bajo la guía del Evangelio, el Espíritu Santo y la Iglesia.

La Virgen María es santísima por cuanto es perfecta discípula misionera de la Iglesia. Lo mejor que podemos ofrecerle a los demás es nuestra santidad. La gente necesita del brillo de la santidad de cada uno y cada comunidad.

 

+ HÉCTOR CUBILLOS PEÑA

Obispo de Zipaquirá